Los créditos más rápidos... y la letra pequeña

Publicado en por aurora

Si le ha surgido un imprevisto y está pensando en pedir un crédito rápido, asegúrese de leer la letra pequeña. El tanto por ciento en intereses y honorarios que tendrá que devolver puede variar considerablemente sobre la misma cantidad según dónde lo solicite.

Cada vez son más las empresas que ofrecen este tipo de préstamos cuyo importe puede ir desde los 100 a los 10.000 euros, con unos gastos variables en función de la cuantía.

Según el crédito solicitado, si este no supera los 800 euros, son múltiples las compañías que lo conceden en un tiempo estimado de entre 10 y 15 minutos, mientras que si la cantidad es mayor, de hasta 10.000 euros, el tiempo de concesión podrá alcanzar las 24 o 48 horas.

Ante la aparente competencia de entidades financieras, es importante compararlas para saber cuál nos ofrece las mejores condiciones.

La petición del crédito se solicita a través de internet y se caracteriza por su rapidez y por la escasa necesidad de papeleos, pues la mayoría no pide nómina ni aval e incluso algunas ofrecen el primer crédito que se solicite a coste cero de intereses y honorarios.

Analizamos los intereses y honorarios de las principales entidades que operan en España sobre una petición media de 300 euros a devolver en 30 días:

- Kredito24: habrá que devolver un 35% más de lo que nos han prestado (105 euros. En total 405 euros). Ofrecen el primer crédito sin cobro de intereses. Sin aval ni nómina, en un plazo de 15 minutos.

Penalidad por mora: si el retraso en la devolución del crédito es de 1 día, los intereses y gastos supondrán un 20% más, y de esta forma correlativamente hasta alcanzar el 45% si el plazo transcurrido es de 20 días.

- Vivus: cobran un 20% más de lo solicitado. (60 euros. En total 360 euros). Al igual que el anterior, ofrecen un primer crédito de 300 euros sin intereses ni gastos de gestión. No requieren nómina ni aval y el tiempo de concesión es de 15 minutos.

Penalización por impago y mora: será del 1,00% diario sobre el importe impagado, con el límite máximo del 200% sobre el principal y sin perjuicio de las demás consecuencias que pudieran derivarse de su incumplimiento, como podría ser la inclusión de sus datos en ficheros de solvencia patrimonial y de crédito.

- Creditomovil: en 10 minutos, sin nómina ni aval. Con una web muy sencilla y a escasos clicks de recibir el dinero en 10 minutos en su cuenta bancaria.

La devolución se hará con un 32% de intereses y honorarios, lo que suponen 95,77 euros más a parte de lo prestado. En total 395,77 euros.

Penalización por impago: pasados 3 días desde la fecha de vencimiento, tendrá un coste adicional de 10 euros. Transcurridos 10 días ese coste adicional será de 15 euros a sumar a los 10 del paso anterior y así sucesivamente. Si pasados 40 días no se ha realizado el pago, se avisará al registro de morosos.

- Quebueno: No le van a pedir ningún documento, ni siquiera nómina o aval y tendrá el dinero disponible en 15 minutos. A la hora de devolverlo, tendrá que hacerlo con un 29,7 % más de gastos en cuestión de intereses y honorarios, lo que aumenta el saldo inicial en 90 euros. En total, 390 euros.

El motivo del pago de unos intereses y gastos de gestión tan elevados en este tipo de préstamos se debe a sus características diferenciadas del tradicional crédito bancario.

La no necesidad de dar explicaciones de para qué se requiere el crédito, además de no tener que aportar documentación, como nómina o aval, la rapidez en la entrega del dinero y el riesgo en sí que contrae el prestador, supone un alto coste adicional a pagar por el beneficiario.

Además, este tipo de entidades, necesitan publicitarse en televisión, prensa y radio para darse a conocer y llegar a más público, lo que hace que su estrategia empresarial tenga mayor coste.

La opción para préstamos mayores

Cofidis es una entidad financiera posicionada como expertos del crédito a distancia, que no poseen oficinas físicas, por lo que sus clientes pueden elegir entre internet, llamada telefónica o sms para contactar con ellos.

Se caracteriza por la rapidez, simplicidad, flexibilidad, profesionalidad e innovación.

Desde su fundación en 1991 no ha parado de crecer como entidad financiera, y aunque a principios de la crisis alcanzara un 30% de morosidad entre sus clientes, en la actualidad esa morosidad está reducida al 3 %.

Si la cantidad de dinero que se necesita es mayor de la que ofrecen los créditos rápidos en breves minutos, con Cofidis se puede obtener un crédito de hasta 6.000 euros a devolver en 4 años en un plazo de 24/48 horas.

En este caso, si se financian los 6.000 euros en 41 meses a una cuota mensual de 210 euros, se estará pagando finalmente 8.610 euros, lo que supone un 43,5 % de intereses y honorarios.

La documentación requerida es el DNI, nómina y un recibo.

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Ejercicios para "poner en forma nuestro cerebro"

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A veces parece que todo el mundo quiere ser más inteligente. Es normal, los científicos que estudian la inteligencia nos dicen que es el mejor predictor de éxito que tenemos: predice las calificaciones escolares, el puesto de trabajo, el nivel socioeconómico, la belleza de nuestra pareja, etc. Es algo, como vemos, tremendamente jugoso. Sobre todo, si viene empaquetada en una cómodo app como hacen Lumosity, Cogmed o BrainHQ.

Qué pena que no sirva para nada. Porque, y prometo que voy a tratar de ser lo más suave, prudente y conciliador posible, todo apunta a que la industria del 'entrenamiento cerebral' (una industria de más de mil millones de dólares) es un inmenso y colosal bluff.

Tampoco pido tanto

No quería hablar de Fausto, pero no me va a quedar más remedio. Igual no lo conocéis. Fausto hubiera sido nuestro Michael Jordan, nuestro Albert Einstein o nuestro Justin Bieber. Un tipo genial, brillante y que saludaba en el ascensor. Un diez. Podéis pensar en la persona más inteligente que conozcáis, alguien que con doce años sea capaz de recitar el Ulises de Joyce de memoria, alguien que resuelva las ecuaciones de la teoría de cuerdas como si fueran sudokus. Da igual. Imaginadla bien.

Porque quiero que cuando os diga que Fausto lo haría parecer un niño idiota, lo entendáis literalmente. Fausto no es que estuviera dotado, es que era el don mismo. Todo lo que hacía: física cuántica, danza, lenguas semíticas muertas, todo. Todo le salía a él de manera natural, como a nosotros respirar.

Durante buena parte de su vida, su único objetivo era saber más; saber mejor; conocer más profundamente los misterios de la realidad y el universo. Pero no era fácil. De hecho, era tan difícil que, como Isaac Newton, primero estudió toda la ciencia de su época y, después, se volvió a la magia, la alquimia y las naves del misterio. Y viendo que nada funcionaba, que nada colmaba su hambre, se molestó un poco. Casi se desesperó. Hasta que alguien le ofreció un pacto. Llámalo Mefistófeles, llámalo 'brain training'. Un pacto con en el que, y tampoco quiero hacer spoilers, solo podía salir perdiendo.

El diablo se escribe con g

Estoy convencido de que, si Goethe volviera a escribir Fausto, Mefistófeles (uno de los entrenadores de pokémons de Lucifer) sería visitador médico. Y lo que le vendería a Fausto sería una terapia génica revolucionaria que lo haría un superhombre tan alucinante que dejaría el sueño de Nietzche a la altura del betún.

Eso sí, el libro sería igual de polémico porque, al fin y al cabo, la inteligencia es algo tremendamente polémico. Mucho. Y su heredabilidad aún más. Por alguna extraña razón nos parece razonable decir que alguien es buen deportista porque tiene una buena genética, pero en cambio es poco razonable afirmar que alguien es inteligente porque le viene de familia.

La inteligencia es uno de los descubrimientos más sólidos y más polémicos de la ciencia

Da igual que la inteligencia (el factor g) sea uno de los descubrimientos científicos más sólidos de la historia. Da igual que sepamos, negro sobre blanco, que esa misma inteligencia tiene una heredabilidad altísima. Da igual que expliquemos que eso no tiene una lectura sociopolítica unívoca porque, en fin, la ciencia no va de valores sino de hechos. Da igual todo eso. Si alguien habla de la inteligencia en voz alta: las cejas se arquean. Es una ley universal al mismo nivel que la de Godwin o la de Murphy.

Sin embargo, pese a todas las susceptibilidades, parece que hay muchas personas que quieren ser más inteligentes. O lo que es lo mismo, hay un mercado muy importante (a.k.a. mucho dinero) de clientes que quieren mejorar sus capacidad cognitivas básicas (y no tan básicas).

¿Es eso posible?

Por lo que sabemos hasta ahora, no. No existe evidencia científica sólida que diga que el 'entrenamiento mental' sirva para algo. En 2013, el New Yorker publicó una pieza en la que ya se avisaba que todo esto era una pantomima. El 20 de octubre de 2014, 75 científicos coordinados por la Universidad de Stanford y el Instituto Max Plank para el Desarrollo Humano publicaron una declaración que resumía el consenso científico sobre la industria del entrenamiento mental.

La literatura científica no apoya que el entrenamiento mental mejore el rendimiento cognitivo o prevenga la enfermedad cerebral

El texto de la declaración era, por sí mismo, bastante claro. Decía que "la literatura científica no apoya las afirmaciones de que el uso de software basado en juegos mentales altere el funcionamiento neuronal de forma que mejoren el rendimiento cognitivo general en la vida cotidiana (o impidan el enlentecimiento cognitivo o la enfermedad cerebral)".

No obstante, algunos estudios afirmaban que se producían mejoras en la inteligencia fluida y varios metaanálisis confirmaban que esas mejoras existían. ¿Cómo es posible? Fundamentalmente por problemas metodológicos; derivados de extender cheques científicos que a día de hoy no pueden pagar. Tan poca confianza hay en estos estudios que muchas listas de experimentos a repetir los sitúan en cabeza. Y cuando se intentan replicar no se consigue (ni a la tercera).

La más que dudosa industria del entrenamiento mental

Por ser indulgentes. La industria ha estado relacionada con numerosos y turbios problemas desde hace años. Problemas que van desde la mala ciencia a la publicidad engañosa.

A principios de año, Lumosity (una de las empresas de referencia en el sector) acordó pagar 2 millones de dólares por publicidad engañosa. Según la Comisión Federal de Comercio de EEUU, Lumosity (y por extensión muchas de estas empresas) se aprovechó del miedo al deterioro cognitivo para vender un producto que sencillamente no funcionaba.

Y, con mayor o menor cuidado, ese ha sido el modus operandi de las grandes empresas de entrenamiento mental: explotar el miedo. El miedo a no ser lo suficientemente bueno, a no conseguir nuestros sueños. El miedo a que la edad acabe por rompernos, a que en el horizonte de la vejez dejemos de ser lo que somos. Pero el miedo, como en el caso de Fausto, no es un buen consejero a la hora de tomar decisiones.

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Los atómicos años cincuenta y algunas ideas disparatadas

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En los años 50 del siglo XX parecía que se iba a vivir una nueva revolución industrial en la que la energía atómica iba a propulsar a la humanidad un paso más allá de los combustibles fósiles y del vapor que heredamos de la revolución industrial. Lo que pasa es que no todo es de color rosa cuando se trata de energía atómica, aún así la inocencia (y el desconocimiento de los peligros atómicos) de la época nos permite echarle un vistazo a tres usos de esa energía que no pasaron de ser proyectos más o menos avanzados.

Porque en la actualidad la energía atómica propulsa algunos submarinos y barcos y produce electricidad, pero en aquella época se pensó que el átomo podía ser la panacea que llevara a la humanidad un paso más allá en su evolución.

Energía atómica, conceptos básicos

Vaya por delante que aquí no vamos a hacer un estudio detallado de cómo funciona un reactor nuclear ni mucho menos. Diremos que básicamente lo que pasa ahí dentro es que al dividirse un átomo de material pesado (Uranio o Plutonio, por ejemplo) se produce una gran cantidad de energía en forma de radiación y energía cinética que calentarán la materia que se encuentre en el espacio alrededor de dónde se produzca esa fisión.

Esa energía puede aparecer de forma descontrolada, en forma de explosión, o controlada (más o menos) mediante elementos que limitan la reacción pero que permiten calentar agua hasta convertirla en vapor como hacen los reactores de una central nuclear.

Si quieres ampliar conocimientos seguro que encontrarás más información en la red. A nosotros nos basta con este concepto básico para ilustrar estos tres proyectos que no llegaron a buen puerto.

Ford Nucleon, el coche atómico

En 1958 Ford presentó un concept car que llamó Ford Nucleon, un coche propulsado con un pequeño reactor atómico que producía vapor que se encargaba de mover el coche. Esta idea no pasó de ser un concepto y nunca llegó a más. La idea no era muy descabellada, pero en aquel momento la tecnología disponible no era capaz de escalar al tamaño necesario un reactor atómico, así que la idea fue descartada.

Bombardero nuclear de largo alcance

La siguiente idea consistía en subir un reactor nuclear en un avión para conseguir así aumentar radicalmente su autonomía y que pudieran bombardear a un enemigo situado a la otra punta del mundo. Esto llegó un poco más lejos que el coche, ya que se llegó a fabricar una unidad de pruebas y se realizaron unos cuantos vuelos con ella.

Aquí los problemas se multiplicaron varias magnitudes. Por un lado estaba la necesaria protección contra la radiación de la tripulación. Algo que se consiguió a base de planchas de plomo que forraban la cabina y un cuidadoso diseño del reactor para que no irradiara en la dirección en la que estaban los pilotos. Otro problema grave era que en un avión no puedes acarrear una gran cantidad de agua para transformarla en vapor y que mueva una turbina. Así que se complicaba un poco el diseño.

Las soluciones valoradas fueron dos, una hacer pasar una corriente de aire a través del material radioactivo a alta temperatura, luego utilizar ese aire caliente para inyectarle combustible y hacerlo funcionar como un motor a reacción convencional. Las emisiones de radiación en el aire lo hacían inviable. De esta manera tuvieron que aplicar un sistema de intecambiador de calor que mantenía la radiación recluida en el reactor nuclear pero hacía llegar aire lo suficientemente caliente a los reactores convencionales como para hacerlos funcionar. Como en aviación lo que mejor funciona es lo más sencillo, se optó por la primera configuración a pesar del riesgo que entrañaba.

Los experimentos se realizaron con un Boeing B-36 Peacemaker modificado. Aunque en algunos de los 47 vuelos que se hicieron se llegó a conectar el reactor atómico, en ninguno de esos vuelos se llegó a utilizar la propulsión atómica. El experimento se abandonó al perfeccionarse los cohetes balísticos intercontinentales, que no necesitaban ya un avión que transportase las bombas hasta el objetivo. Otra idea descartada.

Proyecto Orión, a Marte cabalgando una bomba atómica

El Proyecto Orion pretendía fabricar una nave interplanetaria propulsada por energía atómica que fuera capaz de llevar a una tripulación de humanos a Marte, o más allá. Pero si te han parecido extrañas las ideas de los dos anteriores proyectos, este te sorprenderá mucho más. Porque el proyecto Orion pretendía que la propulsión de esa nave interplanetaria dependiese de una sucesión de explosiones atómicas, las cuales servirían para, literalmente, empujar la nave hasta el espacio y más allá.

Esta idea la firmaron dos integrantes del laboratorio de Los Álamos, donde se fabricaron las bombas atómicas que se lanzaron sobre Hiroshima y Nagasaki en Japón. Incluso se llegaron a fabricar una serie de prototipos para comprobar que la idea funcionaba y se podía llevar a cabo con la tecnología de la época. Según el documental que realizó la BBC hace unos años la idea de lanzar bombas justo debajo de la nave funcionaba. Se diseñó una especie de escudo que debía parar el impacto de las explosiones. Este escudo estaba conectado a la cápsula mediante una serie de amortiguadores hidráulicos. Con este sistema se pensaba alcanzar velocidades de hasta 1/10 de la velocidad de la luz.

El principal problema que afrontaron es que se necesitaba fabricar muchas bombas atómicas (aunque estas no tenían que ser demasiado potentes) y también necesitaban coordinar esa cadena de explosiones con precisión suficiente para que el impulso no se desperdiciara. ¿Y quién tenía una maquinaria parecida que funcionase? Pues la respuesta la encontraron en Coca Cola que tenía la maquinaria de embotellar bebidas y parecía que podría servir para lanzar esas bombas con precisión.

Por suerte el proyecto se abandonó en 1963 al suscribirse el primer tratado internacional que prohibía las explosiones atómicas en la atmósfera de la Tierra. También influyó en la suspensión que la NASA estaba progresando a pasos agigantados con su proyecto de cohetes con propulsión química convencional.

A continuación os dejo el vídeo con el documental de la BBC que dura 60 minutos. La principal pega es que no está traducido ni subtitulado, pero se puede apreciar bastante bien la idea del Proyecto Orión relatada por sus diseñadores.

Energía atómica para todos, pero con cuidado

En la actualidad la energía atómica está limitada a usos militares y los usos civiles se hacen bajo estrictos controles (o al menos eso es lo que nos dicen). Porque sólo de pensar que podríamos tener coches circulando por nuestras carreteras con pequeños reactores atómicos en sus entrañas se me pone mal cuerpo. Igual de malo que se me pone al pensar en aviones sobre nuestras cabezas con esa misma tecnología. Y por último hay que agradecer que Verner Von Braun fuera capaz de perfeccionar los cohetes que propulsaron la carrera espacial. Porque la opción de ver lanzamientos de satélites con explosiones atómicas es, de todas, la que más me horroriza. Y para horrores atómicos ya tenemos de sobra con los accidentes de Chernobyl y Fukushima.

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